Poco después de su desaparición, comencé a soñarla todas las noches. Siempre era el mismo escenario, la misma situación y, por supuesto, siempre era Ella. Nada ni nadie más. Cada día esperaba ansioso el momento en el que Morfeo me meciera en su regazo para volverla a ver. Nunca fue algo sin sentido; cualquier cosa que me llevara a Ella, por absurda que fuese, era un momento que no reemplazaría jamás, bajo ningún concepto. Verla cada noche se estaba convirtiendo cada vez más en una necesidad. Me llenaba de paz; sanaba cualquier herida abierta de mi alma, y me llenaba de fortaleza. Ella era el mejor anestésico para cualquier mal.
No quise retrasar más nuestro encuentro, por lo que no tardé en dormirme. Poco tardé en apreciar de nuevo sus brillantes ojos, a lo alto de la misma colina. Verla fue un alivio, pese a que mi corazón pudiera salir disparado de mi pecho en ese instante.
Esta vez me encontré con más soltura que las últimas veces. En el pasado siempre permanecía inmóvil, como si algo me atase, algo que me impedía correr hacia Ella, dejar a mis espaldas aquella colina y acabar con esta tortura. Aunque esta vez no fuese muy diferente, por lo menos podía mover tímidamente uno de mis brazos. Lo alcé en la medida de mis posibilidades, mientras lo movía todo lo rápido que podía, en una busca desesperada de su atención. Parecía inútil; Ella estaba muy lejos, y yo demasiado debilitado y limitado como para atraer su atención. Sin embargo, me miró, como si intuyese que estaba allí, esperándola.
Simplemente sonrió.
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