Pasaba el tiempo como de costumbre; sin embargo, las horas se hacían cada vez más pesadas, y los días eran puramente milenios de aislamiento. Nada había cambiado desde aquel fatídico día. Entre estas cuatro paredes seguía reinando el silencio, y el teléfono sólo sonaba para escuchar el interés aparente por mi estado de nuestros conocidos. Pero ya estaba harto. Obviamente, desde la pasividad no tenía absolutamente nada que hacer. Ella merecía mil batallas en su honor, y la única batalla que estaba librando era la de buscar una razón por la que seguir respirando. Esto no hacía otra cosa más que deshonrarla.
"¡Vamos, reacciona! Ella es tu razón. La fuente de la que emana toda tu fortaleza. En Ella se hallan las respuestas a todas tus preguntas. Ella es la respuesta."
Me armé de valor y decidí abrir por primera vez desde que se fue el cajón con sus cosas. Después de ya casi un mes, sus pertenencias seguían intactas. Jamás las había tocado nadie excepto Ella, y sabía muy bien que la única razón para revolverlas era que mis esperanzas de oír su voz mientras el sonido de la puerta retumbaba a su espalda estuviesen en estado crítico; la desesperación más absoluta. Y, desde luego, quise retrasar ese momento tanto como mi cuerpo me lo permitiese.
Abrí por fin aquel cajón en busca de algo que calmara mi ansiedad. No encontré nada fuera de lo común, tenía lo que cualquier persona guardaría normalmente... recuerdos, en su mayoría, y objetos personales. No obstante, su agenda telefónica me llamo poderosamente la atención. A pesar del espacio, sólo guardaba un número, y lo más curioso: no tenía ningún nombre de referencia.
¿Quién sería esa persona como para dedicarle una agenda al completo? No me iba a quedar sin saberlo...
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