jueves 17 de noviembre de 2011


-¿Puedo pasar?
- Adelante.

Tenía un gesto preocupado en la cara. Se quedó mirándome unos instantes antes de dirigirse a mí.

- Tengo que hablar seriamente contigo. Desde que pasó lo de… bueno, ya sabes… estás como ausente. No sales de tu despacho ni tan siquiera para comer, y hace tiempo que no te relacionas con tus compañeros. Mira, llevas muchos años aquí, y has demostrado estar más que a la altura. Estoy muy satisfecha con tu trabajo, pero creo que deberías tomarte un par de días libres para encontrarte a ti mismo y aclarar tus ideas, por tu bien. Soy la primera interesada en volver a ver a la misma persona optimista y alegre de siempre.
- Ya le he dicho que no necesito días libres, de verdad. Se lo agradezco, pero la verdad es que estar fuera de esa casa me hace bien.

Vaciló unos segundos.

- Está bien, como tú quieras. Pero de todas maneras, quiero que me hagas un favor. Dedica este día para ti… no sé, haz algo que te relaje, que te haga olvidar por un momento todo. Hoy ya has terminado tu trabajo, así que márchate y disfruta de tu tiempo libre. Entiéndelo, nos preocupamos por ti.

El silencio inundó la habitación por un momento. Probablemente tendría razón; estaba haciendo de mi trabajo una segunda casa, como si mientras estuviese dentro dejara de ser yo mismo, y mis problemas fuesen de otro. Quizá en el fondo no me vendría mal respirar un poco de aire fresco.

Sin decir nada, cogí mis cosas, me levanté, y me dirigí hacia la puerta para marcharme. Antes de irme, la mire a los ojos:

-Gracias.

Ella asintió, mientras se le dibujaba una leve sonrisa en la cara.

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Aquella tarde me dediqué a pensar en las palabras que mi jefa me dedicó esa mañana. Ni siquiera me había dado cuenta de lo aislado que estaba del mundo; simplemente, no me había parado a pensar en ello. Me sentía en deuda con Ella, y pensar en otra cosa que no fuese en buscar una manera de tenerla de vuelta conmigo, era como una ofensa, un despropósito. Sin embargo… quizá relajándome un poco vería todo más claro, aunque aquel hombre al que llamé me hubiera descolocado por completo.

Decidido. Hoy me dedicaría a mi… pero todavía tenía que pensar en qué hacer.

Recordé por un momento sus palabras:

“Haz algo que te relaje, que te haga olvidar por un momento todo.”

Un lugar donde mis problemas se esfumasen…
Esa frase me llevó a pensar en los momentos que pasaba con Ella. Ella era mi rincón preferido del universo, y su sola compañía me hacía entrar en un mundo donde nada podía salir mal; como si la caja de Pandora nunca hubiera sido abierta, encerrando todos los males en su interior y apartándolos de nosotros. Desconocía lo que era el dolor o el sufrimiento cuando estaba Ella a mi lado.

Recordé también la época en la que nos conocimos. A Ella le encantaba que la llevara a un viejo antro de las afueras de la ciudad, “Full Moon”. Estaba decorado con motivos étnicos; estatuas artesanas, columnas talladas con delicadeza y algún que otro dibujo; de animales normalmente. Era un local pequeño y poco transitado; sin embargo, a Ella le encantaba estar en aquel sitio. Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo por allí.


…¿Full Moon?



¡Luna Llena!… 

lunes 19 de septiembre de 2011

 Desperté bruscamente entre sudores fríos, pese al intenso calor que inundaba nuestras calles en el último mes.  Giré la cabeza para mirar mi despertador. 5:37am... no me sorprendía; hacía ya tiempo que me había acostumbrado a levantarme a esas horas, y ya ni tan siquiera me hacía falta activar el despertador. Cada día me despertaba jadeante, generalmente entre las 5 y las 6 de la mañana. Recuerdo que siempre era Ella quien me despertaba antaño para ir al trabajo... y ahora sigue haciéndolo. Incluso en sueños cumple su cometido... y es la mejor constancia de que Ella sigue aquí.


Todavía tiritando, me dirigí al vestidor para prepararme e ir a trabajar. Me tomé un café, y en el último momento, antes de irme, cogí aquella agenda para seguir indagando en mis ratos libres. 
Cerré la puerta y me fui, mientras retumbaba a mis espaldas.


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- No puede ser... ¿es él?
- Eso parece.
- Es increible. Desde lo ocurrido, es el primero en entrar a trabajar, y el último en salir de esta oficina. Se pasa el día entero delante de la pantalla del ordenador, trabajando sin parar, y ni siquiera para a comer. No se relaciona, y se queda aquí incluso cuando ya ha terminado su jornada. Es inquietante.
- Después de todo lo que le ha pasado, imaginó que su único entretenimiento, su única vía de escape, es su trabajo.
- Lo tiene que estar pasando muy mal. No quisiera estar en su lugar...
- Y que lo digas.


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Me senté en mi despacho, y en seguida comencé a hacer mi tarea diaria. La hacía tan rápido como podía para seguir con mi investigación. En el trabajo me sentía mucho mejor; en casa todo me recordaba a Ella, y era imposible avanzar. Desde aquí podía centrarme y ceñirme a buscar respuestas, dentro de mis posibilidades.


Tras acabar con mi tarea, decidí que ya era hora de descubrir de una vez lo que se escondía detrás de ese dichoso número. Cogí la agenda y me quedé mirándola unos instantes, con recelo. A pesar de mi ansia por destapar la verdad, aún tenía miedo de lo que pudiese llegar a descubrir.


Marqué, por fin, el teléfono. Tuve que hacerlo repetidas veces, ya que comunicaba... pero finalmente, alguien cogió mi llamada.
- ¿Hola? ¿Sería tan amable de aclararme con quién me dispongo a hablar?
- [...]
- ¿Hay alguien ahí? Por favor, me sería de gran ayuda hablar con usted, y me encantaría hacerle algunas preguntas sobre...
- 11. Luna llena.
- ¿Disculpe? Por favor, puede repetir... ¿oiga? 
...¡mierda!

martes 23 de agosto de 2011

Decidí esperar hasta la mañana siguiente; era tarde ya, así que aquel número tendría que esperar. Cualquier persona llamaría inmediatamente buscando algo para continuar atando cabos; sin embargo, en mi caso no sería asi.


Poco después de su desaparición, comencé a soñarla todas las noches. Siempre era el mismo escenario, la misma situación y, por supuesto, siempre era Ella. Nada ni nadie más. Cada día esperaba ansioso el momento en el que Morfeo me meciera en su regazo para volverla a ver. Nunca fue algo sin sentido; cualquier cosa que me llevara a Ella, por absurda que fuese, era un momento que no reemplazaría jamás, bajo ningún concepto. Verla cada noche se estaba convirtiendo cada vez más en una necesidad. Me llenaba de paz; sanaba cualquier herida abierta de mi alma, y me llenaba de fortaleza. Ella era el mejor anestésico para cualquier mal.


No quise retrasar más nuestro encuentro, por lo que no tardé en dormirme. Poco tardé en apreciar de nuevo sus brillantes ojos, a lo alto de la misma colina. Verla fue un alivio, pese a que mi corazón pudiera salir disparado de mi pecho en ese instante.


Esta vez me encontré con más soltura que las últimas veces. En el pasado siempre permanecía inmóvil, como si algo me atase, algo que me impedía correr hacia Ella, dejar a mis espaldas aquella colina y acabar con esta tortura. Aunque esta vez no fuese muy diferente, por lo menos  podía mover tímidamente uno de mis brazos. Lo alcé en la medida de mis posibilidades, mientras lo movía  todo lo rápido que podía, en una busca desesperada de su atención. Parecía inútil; Ella estaba muy lejos, y yo demasiado debilitado y limitado como para atraer su atención. Sin embargo, me miró, como si intuyese que estaba allí, esperándola.


Simplemente sonrió.

viernes 1 de julio de 2011

Pasaba el tiempo como de costumbre; sin embargo, las horas se hacían cada vez más pesadas, y los días eran puramente milenios de aislamiento. Nada había cambiado desde aquel fatídico día. Entre estas cuatro paredes seguía reinando el silencio, y el teléfono sólo sonaba para escuchar el interés aparente por mi estado de nuestros conocidos. Pero ya estaba harto. Obviamente, desde la pasividad no tenía absolutamente nada que hacer. Ella merecía mil batallas en su honor, y la única batalla que estaba librando era la de buscar una razón por la que seguir respirando. Esto no hacía otra cosa más que deshonrarla.
"¡Vamos, reacciona! Ella es tu razón. La fuente de la que emana toda tu fortaleza. En Ella se hallan las respuestas a todas tus preguntas. Ella es la respuesta."


Me armé de valor y decidí abrir por primera vez desde que se fue el cajón con sus cosas. Después de ya casi un mes, sus pertenencias seguían intactas. Jamás las había tocado nadie excepto Ella, y sabía muy bien que la única razón para revolverlas era que mis esperanzas de oír su voz mientras el sonido de la puerta retumbaba a su espalda estuviesen en estado crítico; la desesperación más absoluta. Y, desde luego, quise retrasar ese momento tanto como mi cuerpo me lo permitiese.


Abrí por fin aquel cajón en busca de algo que calmara mi ansiedad. No encontré nada fuera de lo común, tenía lo que cualquier persona guardaría normalmente... recuerdos, en su mayoría, y objetos personales. No obstante, su agenda telefónica me llamo poderosamente la atención. A pesar del espacio, sólo guardaba un número, y lo más curioso: no tenía ningún nombre de referencia.
¿Quién sería esa persona como para dedicarle una agenda al completo? No me iba a quedar sin saberlo...



domingo 3 de abril de 2011

Todavía me pregunto qué fue lo que me hechizó de tal manera. Llevaba años observándola y admirándola; de día, de noche. Antes de Ella, mi vida era lo que podríamos denominar como normal. Pero Ella llegó, trayendo consigo un mundo paralelo al terrenal, donde la perfección no existe porque existe Ella. Cualquier término que significara grandeza, inmensidad, se tornaba en algo insignificante e inútil a su lado. Desde luego, ese era mi sitio; mi lugar lo marcaba el camino que sus pies recorrían; mi destino tenía su nombre como meta por alcanzar.


3:48. Diecisiete días, cuatro horas. Diecisiete largos días sin conciliar el sueño. Quinientas doce horas de impotencia, de desesperación, de soledad, inerte. 


Treinta mil setecientos veinte minutos desde su desaparición.

lunes 28 de marzo de 2011

La princesa de Hielo.

"Aún la recuerdo. Allí, en lo alto, estaba Ella. Su blanca tez de mármol deslumbraría hasta a la más hermosa estrella. La luz que cada uno de los poros de su piel emanaba; su luz, ni siquiera se había de comparar al resplandor del astro rey. El movimiento de su pelo, infinito y negro como una noche sin luna, sería capaz de hipnotizar hasta al más perfecto dios del Olimpo.
Su ropaje se confundía con su pálida piel. La seda cubría prácticamente la totalidad de su cuerpo, dejando únicamente al descubierto sus manos de cristal. Sus dedos dibujaban perfección a su paso. Sus ojos... que decir de ellos. La fugacidad de su mirada me enloquecía. Su sonrisa... seguiría siendo un enigma.
A su alrededor, un aura etérea la aislaba y protegía de lo desconocido.
Allí estaba Ella, sobrevolando el límite de lo real. Tan majestuosa.


Aún la recuerdo..."


Arantza Santibáñez García

lunes 7 de marzo de 2011

Su inocencia murió por su ambición.

El flamante cielo arde con fuerza; lo único que lo salva de la tenebrosa oscuridad, le hace depender de él para siempre.

No hay vuelta atrás. Un sólo camino universal. Un mismo destino. ¿Qué deseas observar en el trayecto?


"Tú representas a todo ese horror que enferma y mata el planeta; al condenarme abortaste también tu perdón."

Una nueva oportunidad por cada ocaso. Una nueva vida por cada amanecer.
Tú decides.